4 de febrero de 2010

Explicaciones y hasta luego

Harto de ver la entrada de Otegui cada vez que abro internet, he decidido hacer este post para dar explicaciones y anunciar mis planes.

Si ya antes me resultaba complicado encontrar huecos par escribir, ahora aún más, trabajando por las mañanas, estudiando por las tardes, padre de familia numerosa. Me soprendo de cómo pasa el tiempo, ya que la última entrada es de junio.

Me tomo unos meses sabáticos en cuanto bloguero. De aquí al verano espero acabar mi master; después, pormeto volver con una sección ampliada sobre propiedad intelecual. Es una pena no poder escribir ahora que la cosa está que arde, pero a veces hay que hacer una parada para estudiar y leer.

Nos vemos más adelante

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18 de junio de 2009

El amigo Otegui

Voy a reconocerlo públicamente, hoy que estoy verborreico: la figura de Otegui siempre me ha fascinado. Nunca lo he entendido, nunca he sido capaz de adivinar hacia dónde va su estrategia. A veces dice verdades como puños, a veces cae en flagrantes contradicciones.


Viene esto a cuento de la entrevista que le hizo el otro día el Follonero en LaSexta; más bien, a cuenta de las reacciones que he ido leyendo en sitios diversos. Para los amigos de Periodista Digital, famosos por la sutileza de su percepción política, la entrevista se resume en un “repugnante compadreo” a pesar de que Évole “se sentó frente a frente para pedirle que condenara la violencia” (otro gallo nos cantaría si Mayor Oreja lo hubiera hecho en vez de enchironarle) Claro que para los de PD ser de la izquierda abertzale es un “eufemismo para no decir etarra”, y así nos va.


Mientras tanto, leo diversos comentarios que hablan precisamente de lo valiente de la postura de Évole, sentarse frente a un tipo y pedirle a las claras, sin coacciones, pero también sin condiciones, que reconsidere su postura. Mientras, Otegui muestra ser un as a la hora de manejar las contradicciones: no condena la violencia pero aboga por resolver los problemas de manera civilizada, se supone, pues, que dialogando. ¿Tal vez a las claras y sin condiciones por ambas partes?

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Contra Rosa Márquez

Hace un tiempo, cuando yo era estudiante de periodismo, una de las cosas en las que insistían todos los profesores era que había que separar la información de la publicidad. Claro que, visto desde ahora, aquella era la prehistoria de la publicidad: lo más sofisticado que había eran los publireportajes, aún no se había inventado el product placement con el que se inundan las series de ficción o la hipersegmentación de los públicos que hace Google.

Por eso, cada mañana apago la radio cuando empieza a echar su rollo de El Corte Inglés Rosa Márquez. La odio. Odio también a Isabel de Cuerpo Libre y me la sopla la actualidad de La Vaguada por muy a pie de calle que esté allí el estudio de la cadena SER. Me indignan, me molestan. Me ofende la apropiación que hacen de los códigos informativos para pervertirlos, con la complicidad de periodistas que les dan paso y dialogan con ellos como si un anuncio fuese una sección más del programa y no una obligada morcilla de financiación que hay que poner en el medio.

Ya puestos, aprovecho para denigrar también a Nuria Roca, esa chica tan mona que igual presenta un programa, escribe libros de sexualidad o maneja una gala, a ser posible por una causa buen rollista. En su anuncio de soja, hasta se permite ir de graciosa. Y, por cerrar la lista de ofensores, pongamos también a Anne Iguartiburu, presentadora omnipresente y anunciante plenipotenciaria: inmobiliarias gigantistas, viajes a la Costa del Sol. Lo que sea para hacer caja. A costa de una fama que le hemos pagado los contribuyentes que además la soportamos a todas horas en la tele pública.

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29 de mayo de 2009

El fin de la prensa


Hubo un tiempo en que los periódicos servían para otra cosa que ganar dinero. Unos mantenían un diario por presunción, otros por afán de poder político, otros por idealismo de algún tipo… Con el tiempo, todas esas motivaciones fueron arrinconadas. Los despachos de los jefotes de las redacciones dejaron de ser habitados por periodistas y se llenaron de gerentes con un master en finanzas, que antes habían capitalizado una empresa charcutera o harinera y después de encargarían con igual éxito de una naviera.


El objetivo era ganar más y más dinero que luego la gran empresa matriz invertía en comprar fábricas de azulejos para cotizar más en bolsa. Así que se imponían políticas de ahorro: nada de corresponsales, nada de caros y lentos reportajes de investigación, nada de fotos exclusivas. El becario era el habitante por excelencia de esas redacciones: es cierto que no estaba muy bregado, pero cobraba poco. Como todos los periódicos hacían lo mismo, no se notaba demasiado la bajada del nivel. Si querías información, esa era la que había: poco trabajada, poco contrastada, poco profesional. Pero muy rentable.


Entonces llegó Internet. La gente dejó de comprar el periódico para ver la edición web, que es gratis. Y al no haber lectores no había anunciantes y muchas cabeceras echaron el cierre. Se alzan voces clamando contra la web y contra los blogs, que resulta que dan información de primera mano y de mejor calidad que la de los profesionales. ¡Van a desaparecer los profesionales de la información!, claman desde los medios clásicos. Pero ya habían desaparecido hacía tiempo, engullidos por los gerentes. Internet fue sólo el tipo de la cuadrilla que dio la puntilla mientras los focos alumbraban al trajeado matador envuelto en su MBA.

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10 de marzo de 2009

Hasta el gorro de los autores y sus recaudadores

Acabo de llegar de intentar hacer una docena de fotocopias de un libro de 300 páginas, más que nada para evitar el engorro de tomar notas o ponerme a escanear en casa. No lo he conseguido.


La papelería de la esquina me dice que no fotocopian libros, porque, de vez en cuando, CEDRO les manda una carta recordándoles que tienen que tener una licencia para hacer fotocopias. Lo que CEDRO se olvida de contarles es que esa máquina ya ha pagado un coste por hacer esas copias que no se pueden hacer: puesto que “los fabricantes e importadores de equipos y soportes idóneos para la reproducción de obras, que vayan a destinarlos a la distribución comercial o utilización dentro del territorio español” tienen la obligación de pagar el canon por copia privada, o te has comprado la fotocopiadora en el mercado negro –difícil, porque son máquinas que requieren de mucho mantenimiento- o se me está sisando, por persona interpuesta, un derecho.


Leo en la web de CEDRO que el coste de una licencia para un establecimiento de ese tipo, que hace algunas fotocopias pero que se dedica fundamentalmente a la venta de libros y cuadernos, es de 50 € al año. No mucho, pero una buena pasta si se multiplica por todas las papelerías del país. Aún así, se establece límites de cuantas páginas se pueden copiar: sólo un 10% de un libro. Vaya, el Ministerio de cultura me dice que “puedo hacer una copia privada de cualquier tipo de obra o prestación protegida que se haya divulgado” y no habla para nada de límites.


Sutilezas jurídicas al margen, lo cierto es que me acaban de impedir ejercer un derecho que yo tengo en nombre del interés de los autores. Yo, inocente, sigo pensando que el interés máximo de un autor es que lo lean y que lo divulguen. Mientras tanto, de la mano de la larga sombra de la posible multa, los pequeños tenderos pagan y callan. Recuerda demasiado a cierto género fílmico en el que el pago y la amenaza van de la mano.


Cada vez más, tengo la sensación de que es necesario poner más y más límites al derecho de los autores. En una cultura viva y libre, la libre circulación del material cultural debería ser el principal motor. Imaginemos que Dylan decida que nunca más se divulguen los discos de su etapa cristiana. ¿No deberíamos cuestionar hasta dónde llega esa derecho? De momento, como bien dice José Luís de Vicente, la copia privada es, cada vez más, un derecho virtual.


NOTA: todas las citas han sido extraídas de la web del Ministerio de Cultura sobre Propiedad Intelectual: Copia Privada

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