26 de abril de 2015

Contra la Cultura: por otro periodismo cultural



Crear espacios para discutir sobre periodismo siempre es una buena idea. Hablar de lo que uno hace no solo es terapéutico, sino que también es una vía de conocimiento, ya que obliga a ordenar y priorizar ideas. Con estas premisas, que por fin se haya celebrado un congreso de periodismo cultural (Santander, 10 y 11 de abril) es una excelente noticia.


 
El hastag #periodismocultural fue trending topic durante los dos días, lo que es una sorprendente noticia. No sé si achacarlo a oscuras (y grandiosas) habilidades del equipo de comunicación o a un interés real hacia el tema. Esta segunda opción echa por tierra buena parte de los argumentos lastimeros escuchados durante el congreso: la cultura está hecha añicos, no pasa nada que merezca la pena, el periodista cultural no pinta nada… La explicación a esta aparente contradicción es simplemente generacional; teniendo en cuenta que la mayor parte de los ponentes ya son entrados en años, atesoran años de experiencia  y se expresan  desde los medios instalados. Sus referentes culturales ya están consolidados cuando no exprimidos y agotados; han tocado techo y ya son intocables. Estos periodistas llevan demasiados  años de vida en común con sus objetos informativos y comparten con ellos, además de mesa y mantel con frecuencia,  el miedo (cuando no el desprecio) hacia los que vienen por detrás. Tuvo que ser Tomás Fernando Flores, de Radio3, quién pusiese las cosas en su sitio: hay una cultura viva que genera interés, pero los viejos formatos y las viejas prácticas y las viejas voces no quieren o no pueden reconocerlo.

La realidad parecía estar reticente a colarse en las mesas del congreso. La cultura no soltaba su mayúscula ni por asomo. Pocas voces se lanzaron a señalar los problemas de relación del periodismo cultural con la política y con la industria. Pocas voces señalaron que el principal problema del periodismo cultural es que vive colgado de una agenda que marcan las novedades editoriales, los estrenos de cine y las visitas de las estrellas. Pocas voces señalaron las dificultades de hablar de temas novedosos en un entorno en el que la producción cultural está concentradísima en pocas manos que, además, suponen un importante ingreso para los medios a través de su inversión publicitaria. Javier Torres, de la SER, señaló que en ninguna sección ha notado tanta presión para modelar las noticias como la que hacen las editoriales para que sus libros salgan en las noticias. PeioH. Riaño se atrevió a repartir estopa: “necesitamos morder más y relamer menos”. Martín Caparrós también hincó el diente: “demasiados periodistas cuentan menos de lo que saben”. Y, desde la periferia, Xesús Fraga recordó que hay otras culturas en España que también merecen atención y respeto, mientras que la mayoría de la información cultural solo reseña aquellas cosas que circulan por el centro. 

Desde Twitter muchas preguntaban si se hablaba de jefes incompetentes, sueldos de miseria, condiciones precarias y tiempos cortos. Si se hablaba del papel de las mujeres en un mundo en el que el poder lo ostentan los hombres. Si se hablaba de ministerios, consejerías, inauguraciones y eventos variados generosamente patrocinados por las instituciones, o de premios concebidos para sacar a la luz nuevos talentos y que siempre se llevan los conocidos del editor, a su vez amigo del presidente del jurado. Pero el periodismo cultural no parece ocuparse de eso.

Aterricé en Santander impulsado por la necesidad de buscar respuesta a las escasas controversias que el mundo de la cultura genera. Las controversias son más entre periodistas  que entre estos y la realidad cultural. Se escenificó cuando salió el siempre espinoso asunto de las lenguas de España. ¿Por qué las cartelas del Museo del Prado están en inglés y no en euskera? Cuando la discusión empezaba a tomar cuerpo, una voz desde la platea la cortó rotundamente: “eso es una cuestión política y aquí estamos para otra cosa”. Fueron muchas las voces que resaltaron que la cultura es importante y que debe permear todas las secciones del periódico; ninguna explicó el porqué de esa importancia. Quizás hubiese merecido la pena insistir en que, como vengo defendiendo, la cultura es el laboratorio de los cambios sociales (una idea que también mantiene Esteban Hernández en El fin de la clase media).

La sensación final es que hubo dos congresos paralelos. Uno que vehiculó las palabras desde la mesa de debate, más monológica que en diálogo, cerrada a intervenciones externas. Pesimista, cansina. Otro, un debate desde los márgenes, con buena parte de los que estaban frente a la mesa a través de twitter: gente más joven, menos resabiada, con más entusiasmo. Gente que habla de libros en vez de contar lo que le contó su amigo Herralde el día que bla bla bla… Periodistas que han probado nuevos formatos y que saben que el pasado no va a volver, que no tienen nostalgia de un esplendor que no conocieron, que están más al cabo de la calle y que tratan a la cultura con menos reverencia y más pasión, con menos inercias y menos favores que pagar.  

 Esta brecha se repite en todos los sectores de la cultura, entre los que llegan de nuevas y los que aún suspiran por los tiempos pasados en los que, sin duda, les fue mejor. De cara a nuevas ediciones del congreso, estaría más que bien darle voz a este debate en lugar de condenarlo a la marginalidad.

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11 de marzo de 2015

La cultura invisible es la cultura viva




En una reciente reunión de una comisión de expertos en cultura, todos progresistas, la mayoría rondando los 60 años, se escuchó repetidamente el mismo lamento: la cultura está mal. Y no se referían simplemente a sus malas condiciones materiales (subida del IVA, escasa facturación) sino, sobre todo, a que “no está pasando nada en el mundo de la creación”. Pocos días después, Pablo Gil publicaba un artículo en El Mundo en el que analizaba la efervescencia de los grupos de música underground en Madrid: muchas bandas, nuevas discográficas, público creciente… pero escasa atención mediática e institucional. Cuando en la referida reunión algunos planteamos la existencia de este underground y la necesidad de hacerle hueco en nuestros informes, el muy maduro director nos dejó claro que “nosotros nos estamos para hablar de estas cosas”.
 
En resumen, existe una cultura dinámica, independiente, ligada a los barrios, impulsada por gente entusiasta que ha dejado de lado los lamentos para ponerse a trabajar, pero demasiada gente no lo sabe y otra no quiere saberlo. En las jornadas Conectando escenas, organizadas por el departamento de Musicología de la Complutense el 5 de marzo, discutimos este problema entre el sociólogo Fernán del Val, el gestor cultural Rubén Caravaca y yo mismo. Empezamos analizando qué pasa en la música de Madrid y terminamos diseñando un programa político que revierta la situación. ¡En solo una hora! La buena noticia es que nuestro programa no inventa nada: ya está en marcha de la mano de las iniciativas municipalistas que en menos de tres meses aspiran a cambiar la situación de arriba abajo.

Ya lo denunció Víctor Lenore en su agitador panfleto Indies, hípsters ygafapastas (Capitán Swing, 2014) los medios de comunicación ignoran la realidad de la cultura porque es demasiado real, porque no se ajusta a su visión programática de lo que el mundo debería ser. Camela o Juan Magán pueden llenar pabellones y vender miles de discos, pero no interesa mostrar esa realidad. La cultura no es eso, la cultura son los libros que reseñan los suplementos culturales, los autores entrevistados, los eventos de resonancia mediática. Producción cultural generada en un viejo paradigma, generado en un marco social masculino y vertical (que casualidad, no había mujeres en la comisión de estudios). Las iniciativas surgidas en un marco novedoso, impregnado de valores femeninos como la colaboración y la horizontalidad, se perciben como un desafío a las viejas jerarquías. Los medios se esfuerzan en negar la emergencia de toda fuerza que discuta su hegemonía.

¿Qué esperar de las instituciones? Bien poco en una ciudad como Madrid  que lanzó a bombo y platillo un Plan de Cultura que se iba a discutir de formaabierta y del que nunca más se supo. Una ciudad traumatizada por la connivencia entre las malas prácticas de gestión y la actividad criminal que tuvo como consecuencia las dolorosas muertes de inocentes en el Madrid Arena. Una ciudad en la que la cultura sirve sólo para atraer turistas pero no para vertebrar barrios. Una ciudad, en suma, en la que las innumerables equipaciones culturales están infrautilizadas o entregadas a los intereses de empresas privadas, en la que las programaciones se hacen sin tener en cuenta las necesidades, deseos y aspiraciones de la ciudadanía y en la que se ignora el conocimiento y capacidad de cientos de organizaciones que podrían estar vertebrando actividades culturales de proximidad.  Si las instituciones ignoran a la cultura, la cultura ha ignorado a las instituciones, ha sorteado las restricciones legales y ha desafiado los límites para crea nuevos espacios y actividades. Madrid se mueve aunque sus instituciones estén fosilizadas.

Los viejos tiempos no van a volver. La época en la que un músico exitoso se ganaba la vida gracias a un extenuante verano de galas bien pagadas es un vestigio de otros tiempos. Lo que necesitan un música es la posibilidad, espacios y garantías para trabajar: los Stranglers presumían de trabajar 210 días al año, tocando en cualquier sitio, un día un estadio, mañana un pub. A la espera de que un cambio político sea capaz de crea un nuevo marco normativo que dé respuestas a las peculiaridades de este mundo (como la falta de productividad ligado a los momentos de creación de un disco o una novela), toca buscarse la vida. La banda de Aranjuez Rufus T.Firefly llenaba la Sala Caracol tras autopublicar su disco y gestionar por si mismos los conciertos y su comunicación. Freedonia es capaz de colocar una canción autoproducida en un anuncio de El Corte Inglés, ganando de paso acceso a sus vitrinas (y generando un interesante problema de gestión de derechos, ya que SGAE recauda de esos anuncios aunque haya una licencia Creative Commons). Como han hecho ellos, necesitamos buscar nuevos modelos de producción, gestión y comunicación de la música; Latinoamérica puede ser una gran escuela. Se trata, en resumen, de generar nuevas formas de trabajar desde el mundo de la música que permitan que la vitalidad real de la cultura llegue a toda la ciudadanía e inunde las calles de la ciudad.

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25 de febrero de 2015

Ante las elecciones, desde mi cole





En un par de meses se celebrarán elecciones municipales y autonómicas. Puesto que alcaldes y consejeros son los que deciden buena parte de los asuntos que construyen el día a día del colegio que tanto marca nuestro ritmo de vida familiar, me gustaría lanzar unas cuantas ideas de cara a los programas electorales que ahora se están elaborando.





1. Dejémonos de historias: lo fundamental de los colegios son los profesores. Necesitamos profesores ilusionados con su trabajo, con vocación, con buenas condiciones de trabajo. Necesitamos que se acabe con las interinidades y con el continuo aumento del número de alumnos por aula. Quiero que los profesores puedan acompañar a nuestros hijos a lo largo del ciclo, que los vean mejorar, tener bajones, y que sean capaces de animarlos y reconocer los diferentes ritmos de cada niño. Necesitamos tener profesores de apoyo, porque no es posible mantener la intensidad dando clase durante horas a un grupo de 25 niños de cuatro años, como hace la profesora de mi hijo pequeño.


2. Un colegio no es una fábrica: no produce material en serie. Cada niño tiene sus ritmos, sus preferencias, sus fortalezas y sus puntos flacos. Hay niños que necesitan de más apoyo, otros necesitan que se les deje volar solos. Necesitamos recursos para atender a la diversidad, a los que les cuesta, a los que van sobrados, a los que tienen problemas. Dejémonos de notas, de comparativas, de exámenes globales que alfinal no tienen nada que ver con el programa (como el dichoso Trinity). Todos, sea cual sea nuestra postura política, estamos de acuerdo en que lo fundamental, a día de hoy, es enseñar a aprender, porque vamos a pasar toda nuestra vida formándonos. Eduquemos en el amor por el conocimiento, el aprendizaje, la reflexión, la discusión y la ciencia.


3. El colegio somos todos. El colegio es de todos. Los profesores, los alumnos, los padres, el personal, las instituciones…. Todos tenemos responsabilidades en el día a día del colegio. Cuanto más nos involucremos todos, mejor será la calidad de la educación. Todos tenemos obligaciones. Todos deberíamos tener derecho a usar el colegio, porque es una instalación pública que podría ser muy útil pero que permanece cerrada de 5 de la tarde a 8 de la mañana, y también los fines de semana. Hagamos colegios con patios abiertos, con bibliotecas abiertas al barrio, con salones de actos llenos de asambleas, reuniones y talleres. Democraticemos la gestión: si el colegio no es del director, no tiene sentido que una sola persona dedica sobre su uso.


4. Dialoguemos. Hablemos, compartamos ideas y puntos de vista. Si algo he aprendido de estos años de crisis, burbujas y abusos es que no quiero dejar la gestión de las cosas que me importan en manos de especialistas que decidan por mi. No quiero que mi ciudad la hagan los urbanistas, no quiero que el uso de mi dinero la decidan los economistas. Quiero poder exponer mis opciones y razones, decidir juntos y que entonces los especialistas decidan cual es el mejor camino para implementar lo que todos hemos decidido.  No quiero que la educación, en base a un conocimiento especializado, la decidan sólo los profesionales de la educación. Ellos conocen las herramientas, conocen los ritmos de los niños, conocen las técnicas y son capaces de anticipar los problemas, pero los objetivos, las ambiciones, los fines, deben nacer del consenso, la controversia constructiva y el diálogo



5. Déjenos crecer a los niños. Dejemos de meterles presión para ser los mejores, los más bilingües, los que sacan la nota más alta. No les obliguemos a crecer más rápido. Enseñémosles a comunicarse con los demás, a expresar y defender sus puntos de vista, a tener ideas propias, a proponer iniciativas aunque suenen descabelladas. A hablar en público, a investigar, a probar cosas nuevas. A crear, a expresar sus emociones, a sentirse seguros. A aprender que en una sociedad democrática el fuerte protege al débil y que todos nos necesitamos. Dejémosles dormir las horas que necesitan,  ver como anochece en el parque o en la calle sin preocuparse de si hay o no deberes. Dejémosles equivocarse. Hagamos una política educativa que premie la creatividad y que proteja a los más débiles.


 

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