20 de abril de 2016

Dinero para nada y patatas para tres



He pasado la mañana disfrutando de la lectura del último libro (Comunicación musical y cultura popular, Ed. Tirant, 2016) de Antonio Méndez Rubio, colega de la Universidad de Valencia al que, por desgracia, veo en pocas ocasiones. Pero en estos primeros capítulos me siento como si estuviese instalado en el salón de su casa, que se parece bastante al mío (ese es un rasgo típico de los que compartimos afinidades, intereses y afectos). 


Mientras busca la manera de construir una forma de entender la música en términos de signo (esas cosas que a los semiólogos nos molan), Antonio confiesa su perplejidad ante el hecho de que la persona que es ahora ha sido construida en buena manera "escuchando canciones en una lengua que más o menos se reconocía, pero que no se entendía".


A mi me ha pasado, como a tantos de mi generación, exactamente lo mismo (y aún me pasa, incluso tras haber vivido en Inglaterra en dos ocasiones diferentes). Una de las cosas que nos unió al grupo de amigos en Lugo, un signo de nuestra identidad grupal, era nuestro amor por Dire Straits (si, ya sé que no es una referencia pata negra, no son los Smiths, pero el capital subcultural era difícil de adquirir para unos chavales de provincias en aquellos años). Escuchábamos Money for nothing sabe Dios cuantas veces por semana (fue el primer disco que me pasaron, en cinta). La cantábamos a voz en grito pero nunca nos preguntamos qué significaba aquello; de hecho, ni sabíamos muy bien que decía la canción. Nuestro inglés de instituto público no daba para más. Estábamos convencidos de que la cosa iba de “money for nothing… and cheaps for three”. En realidad, como descubrimos mucho tiempo después, se refería a “chicks for free” (chicas gratis). Pero aún ahora, cuando nos juntamos y la canción suena, es difícil no cantar en castellano nuestra propia versión del estribillo: “dinero para nada y patatas para tres”.

Como explica Méndez Rubio, quizás esa libertad sea lo que hace que la música sea tan importante para nosotros. Estábamos metido en un sistema escolar que nos decía constantemente cuáles eran las interpretaciones correctas de cada palabra, cada texto. Hasta los poemas tenían un sentido único, no podías poner las palabras al servicio de tus necesidades. Las canciones ofrecían barra libre de sentido, sin una autoridad que controlase su uso y se cobrase un peaje. “Gracias a la falta de una línea clara de reconocimiento del mensaje de cada canción, a la disponibilidad del sonido para interactuar con él” aquellos enigmas acústicos consiguieron su carga de intensidad y se hicieron insustituibles.

Pues eso, amigos. Pablo, Luis, Gus, Araceli, Juan, Diego, Juanjo, César, Daniel… Gracias a la música y los libros he pasado la mañana en el salón de un profesor de Valencia, en la biblioteca de Saffron Walden y también en una casa de la calle Aguirre de Lugo, todo a la vez.  A veces es complicado juntarnos todos, pero que quede claro: Dinero para nada y patatas para tres.


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