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19 de febrero de 2020

Sinceridad: entre la protección y la ofensa



 
Recupero una reflexión surgida en el seminario Transformation of the public sphere (Hildesheim, Alemania) sobre el papel de la sinceridad como valor defendido en la comunicación desde las redes sociales.

La burguesía siempre fue criticada por su hipocresía. Como se ve perfectamente en las novelas victorianas, la vida social era una vida de fingimientos y poses ajenas a toda naturalidad. En contraste, las clases bajas se caracterizaban precisamente por su desprecio de las formas de cortesía y por “decirse la cosas a la cara”. Del mismo modo, esa misma acusación es la que los adolescentes hacen a sus padres; la vida adulta es aquella vida falsa, llena de limitaciones y constreñimientos, en la que no se externaliza lo que se piensa debido al peso de las reglas sociales. 

La educación y el civismo requieren que, en muchas ocasiones, no digamos lo que pensamos. Una persona madura se distingue precisamente del adolescente por la mesura, por la capacidad de medir el alcance de lo que piensa y en consecuencia modular su expresión en función de las posibles consecuencias.

Las discusiones en las redes sociales tienen poco de maduras o cívicas. Tienden a ser confrontaciones pasionales en la que lo importante parece ser humillar al otro y no llegar a un punto de encuentro. Tienen, por regla general, poco de controversias y mucho de mera confrontación y linchamiento

En este entorno comunicativo marcado por la agresividad y la polarización, se reivindica la sinceridad como valor político. Decir lo que uno piensa “sin complejos”, llamarle al pan, pan y al vino vino, es una de las reglas de oro del discurso populista. Todo límite al discurso desatado y a la verborrea es presentado como una imposición progre, el reino de lo políticamente correcto y el fin de la libertad de expresión. Así,  la sinceridad se identifica con el insulto y la ofensa, y la civilidad con la censura.

Es el triunfo no sólo de la inmadurez, sino también  del egoísmo. Sabemos, desde Bajtin, que una de las claves de la comunicación es la incorporación del discurso del otro en el propio. Incluso antes de iniciar un enunciado, mi interlocutor ya está presente, y en función de lo que sé de él y de los que espero del proceso de comunicación construyo mi mensaje. La empatía es el elemento central del diálogo, que es el modelo de todo proceso comunicativo. 

Ser sincero es, en ocasiones, ser egoísta y obviar a mi interlocutor y el daño que mi enunciado puede hacerle. Pero ser concernido por la reacción del otro también tiene un límite. En democracia no existe underecho a no ser molestado, a no ser interpelado, a no ser discutido. Sin embargo, escuchamos cada vez más demandas de colectivos para crear espacios seguros, lugares sociales y comunicativos en el que no se mencionen temas que pueden causar dolor o molestia. Ciertas voces sugieren que estamos criando una generación de jóvenes incapaces de enfrentarse a sus miedos y sus problemas, lo que requiere primero de identificarlos para después confrontarlos.

La sinceridad, por tanto, es problemática en dos direcciones. Es reivindicada como un derecho por unos a los que nos les importa el daño que pueda causar. Y como algo a evitar desde posiciones hiperprotectoras que ponen la seguridad personal por encima del valor liberador del cuestionamiento. Decidir cuándo limitarla y cuando extenderla parece un asunto que requiere echar mano no sólo de la teoría sino también de la política y la ética. 

23 de noviembre de 2017

Más empatía es más democracia




 Dice Sergio del Molino en su artículo en El País que es posible ser un misántropo y, al tiempo, un demócrata impecable. Que los demás son una molestia la mayor parte del tiempo a los que, como mucho, se soporta. Viene a decir que el problema de nuestra democracia es que nos exige querer a los demás y, por extensión, el problema es el protagonismo de los sentimientos en la esfera pública. “La sociedad es esa masa que se cuela en la fila y aplaude a destiempo en un concierto”. 


La democracia se identifica, por tanto, con un conjunto de derechos y con el respeto a unos procedimientos. Materia abstracta, intangible, ajena. Una manera higiénica de lidiar con extraños con los que no tenemos gran cosa en común. Los sentimientos son esas extrañas cosas que les pasan a los otros, sobre las que no se puede discutir: nadie puede negar el sentimiento ajeno por muy irracional que este sea. 


Este racionalismo misántropo (que parece una de las resultantes del giro a la derecha de El País en los últimos años) tiene un poco de thatcherista. De asumir que no existe la sociedad, sino los individuos y sus derechos. La deriva del independentismo catalán no ha hecho más que cargarlos de razón. Mezclar política y sentimiento es caer en los brazos de un monstruo que devora a ciudadanos individuales para execrarlos como sucia colectividad.


El problema es que vivimos en común. Compartimos espacios y momentos con gentes que no elegimos. Podemos mudarnos a la casa más perfecta y mejor ubicada: la experiencia de compartir rellano con vecinos huraños puede convertir esa casa en un purgatorio. Al revés, tener vecinos amables, de charleta relajada en el ascensor, hace nuestra vida mejor. No sólo en lo anímico: llegará el día en que tengamos que tomar decisiones en común, y entonces esa empatía hará que sea más fácil lograr que mi vecino apoye mis posiciones. 


“El propósito de la democracia es convertir a cada hombre en un artista”, dijo Burroughs. La democracia no es solo un método de gobierno, un conjunto de maneras concatenadas para tomar una decisión. Para los griegos, era un ingrediente necesario de la buena vida, una forma de gestionar lo común a la que tenían acceso sólo los mejores, puesto que no todos eran ciudadanos. Frente al retrato huraño de la sociedad que hace Del Molino, me quedo con el retrato de la democracia que hace César Rendueles.  La democracia “tiene algo de locura, si uno se para a pensarlo. Significa que el majadero ese del Porsche Cayenne, la tía que suelta un par de pitbulls en un parque lleno de niños o los poligoneros del centro comercial tienen el mismo derecho a intervenir en la vida pública que tú”. Es decir, me obliga a gestionar mis sentimientos frente a esos impresentables, no a meterlos en la nevera de mi casa. Por eso, dice Rendueles,  la democracia es más que un sistema de gobierno: es poner en marcha la tarea mágica de la vida en común, basada en una ética orientada a “la construcción de una vida buena en el contexto de las normas de una comunidad”.

18 de noviembre de 2015

Reflexionar, proponer, comunicar



Hace unos meses empecé a participar en la asamblea de AhoraMadrid Chamartín. Llegué despistado en pleno proceso de elección de vocales vecinos y un tanto frustrado porque tenía la sensación de que no había continuidad tras el aluvión de trabajo y entusiasmo que culminó en las municipales. Descubrí que no era así, que hay mucha gente trabajando en los ritmos lentos de las instituciones, pero de esa frustración aprendí una primera lección que orienta mi trabajo en AhoraMadrid Chamartín: una tarea inicial es dar a conocer a los vecinos del distrito quiénes somos, qué queremos, qué hacemos, y ponernos a su servicio para invitarles a participar y para canalizar sus propuestas.


Tras la agitación de la elección de los vocales vecinos, el primer Pleno de la Junta Municipal nos ha enseñado que la dinámica institucional tiene tiempos y modos que no van en paralelo a los de un movimientos asambleario como el nuestro. De repente nos hemos encontrado con la necesidad de articular propuestas concretísimas y de responder a las de los otros grupos políticos, y nos hemos dado cuenta de que para no errar el tiro se necesita un alto nivel de conocimiento del distrito y sus realidades y al tiempo la capacidad de captar las sutilezas y segundas lecturas de las propuesta políticas. Para los que no  estamos familiarizados con el funcionamiento de las instituciones, ha sido una lección. Las instituciones no se dejan tomar por las buenas, tienen una resistencia al cambio poderosa y sutil a la vez.

A la hora de presentar propuestas y empezar el trabajo de convertir la Junta en un instrumento de cambio, deberíamos tener claro el plan de acción, saber cuáles son las propuestas prioritarias, definir unas cuantas en cada una de las áreas de trabajo, combinar las cuestiones más abstractas con otras que entren al detalle, y hacerlo de modo que sean factibles y no meras declaraciones retóricas. El reto es preparar esto, además, desde una asamblea y en colaboración con las organizaciones del distrito.



Me parece que urge definir el programa de AhoraMadrid Chamartín para estos cuatro años. No podemos presentar una vez al mes una batería de propuestas desconectadas y sin continuidad. Si no tenemos un programa, estamos condenados a funcionar a base de ocurrencias. No tendremos argumentos para decidir si apoyamos o rechazamos las propuestas de los otros grupos políticos. No tendremos mapa ni ruta y nos dedicaremos a dar vueltas para volver al mismo lado. Y cuando acaben los cuatro años nos daremos cuenta de que estamos exhaustos, de que el trabajo no ha servido para lograr los objetivos.
Hacer un programa político no es fácil. Pero Ahora Madrid tiene uno y es el programa que los vecinos de Madrid construyeron colectivamente y votaron masivamente. Se trata de ver cuáles de los puntos del programa tienen una dimensión distrital y qué iniciativas se pueden llevar a cabo, de manera concreta, en nuestros barrios para lograrlo. Y a partir de ahí ya podremos definir prioridades y organizar tiempos y tareas.

Seguro que hay herramientas informáticas que permiten trabajar el documento. Pero también hay dinámicas que permiten organizar ideas desde una asamblea. Y no podemos olvidar que este programa tiene que salir de los vecinos, no solo de los que participan en la asamblea. Habrá que decidir de qué manera se hace. Pero hay que poner manos a la obra y ponerse un plazo. Porque el tiempo vuela, el trabajo cansa y la oportunidad es un tren que hace pocas paradas. Y esta es nuestra parada y nos toca conducir este tren. Pero no sólo necesitamos fogoneros, también un mapa que guie el viaje.