15 de abril de 2012
Simiocracia, o la crisis española
18 de junio de 2009
El amigo Otegui
Voy a reconocerlo públicamente, hoy que estoy verborreico: la figura de Otegui siempre me ha fascinado. Nunca lo he entendido, nunca he sido capaz de adivinar hacia dónde va su estrategia. A veces dice verdades como puños, a veces cae en flagrantes contradicciones.
Viene esto a cuento de la entrevista que le hizo el otro día el Follonero en LaSexta; más bien, a cuenta de las reacciones que he ido leyendo en sitios diversos. Para los amigos de Periodista Digital, famosos por la sutileza de su percepción política, la entrevista se resume en un “repugnante compadreo” a pesar de que Évole “se sentó frente a frente para pedirle que condenara la violencia” (otro gallo nos cantaría si Mayor Oreja lo hubiera hecho en vez de enchironarle) Claro que para los de PD ser de la izquierda abertzale es un “eufemismo para no decir etarra”, y así nos va.
Mientras tanto, leo diversos comentarios que hablan precisamente de lo valiente de la postura de Évole, sentarse frente a un tipo y pedirle a las claras, sin coacciones, pero también sin condiciones, que reconsidere su postura. Mientras, Otegui muestra ser un as a la hora de manejar las contradicciones: no condena la violencia pero aboga por resolver los problemas de manera civilizada, se supone, pues, que dialogando. ¿Tal vez a las claras y sin condiciones por ambas partes?
29 de mayo de 2009
El fin de la prensa
Hubo un tiempo en que los periódicos servían para otra cosa que ganar dinero. Unos mantenían un diario por presunción, otros por afán de poder político, otros por idealismo de algún tipo… Con el tiempo, todas esas motivaciones fueron arrinconadas. Los despachos de los jefotes de las redacciones dejaron de ser habitados por periodistas y se llenaron de gerentes con un master en finanzas, que antes habían capitalizado una empresa charcutera o harinera y después de encargarían con igual éxito de una naviera.
El objetivo era ganar más y más dinero que luego la gran empresa matriz invertía en comprar fábricas de azulejos para cotizar más en bolsa. Así que se imponían políticas de ahorro: nada de corresponsales, nada de caros y lentos reportajes de investigación, nada de fotos exclusivas. El becario era el habitante por excelencia de esas redacciones: es cierto que no estaba muy bregado, pero cobraba poco. Como todos los periódicos hacían lo mismo, no se notaba demasiado la bajada del nivel. Si querías información, esa era la que había: poco trabajada, poco contrastada, poco profesional. Pero muy rentable.
Entonces llegó Internet. La gente dejó de comprar el periódico para ver la edición web, que es gratis. Y al no haber lectores no había anunciantes y muchas cabeceras echaron el cierre. Se alzan voces clamando contra la web y contra los blogs, que resulta que dan información de primera mano y de mejor calidad que la de los profesionales. ¡Van a desaparecer los profesionales de la información!, claman desde los medios clásicos. Pero ya habían desaparecido hacía tiempo, engullidos por los gerentes. Internet fue sólo el tipo de la cuadrilla que dio la puntilla mientras los focos alumbraban al trajeado matador envuelto en su MBA.
17 de noviembre de 2008
Rouco Varela y la peligrosidad de la ciencia social

Todos hemos escuchado alguna vez la historia del estanquero que responde al cliente que le pide cambio con la frase: “tengo un acuerdo con el banco de ahí enfrente. Ellos no venden tabaco y yo no cambio monedas”. Me acuerdo de esta historia, en mi condición de científico social, cada vez que escucho a Rouco Varela. Uno de sus días inspirados habló de que la asignatura de Educación para la ciudadanía (que es mala, porque ser ciudadano significa ser ateo, rojo y masón, no como cuando se daba, con la bendición de los prelados Formación del espíritu nacional) porque uno de los conceptos que enseñaba era la existencia de un complejo sexo-género, que predica que una cosa es el sexo como condición biológica y otra bien diferente es como cada uno, con sus condicionantes sociales, culturales y personales, da sentido expresivo a esa realidad. Una idea que cualquier estudiante de ciencias sociales debe manejar al derecho y al revés, pero no, evidentemente, un obispo. Así que, públicamente, en nombre de mi comunidad científica, le pediría a mi paisano Rouco Varela que deje de decir tonterías o que empiece a leer. Como yo no soy teólogo, no pongo en duda la transustanciación o la venida del Espíritu Santo o
Ha afirmado también que “el matrimonio homosexual es una rebelión del hombre contra la biología”. También lo son la penicilina, las intervenciones a corazón abierto, las incubadoras. También mandamientos como "No matarás", "No robarás" o "No desearás a la mujer de tu prójimo". También poner la otra mejilla cuando te golpean en vez de recurrir al ojo por ojo. ¿Son malas entonces todos los actos que se rebelan contra la biología? Uno que creía, probablemente engañado por demasiadas lecturas antropológicas que predican el relativismo cultural, que la cultura es precisamente un mecanismo del hombre para ordenar su entorno natural. Aquello de lo crudo y lo cocido de Levi Strauss, vamos.
“La familia es el único espacio en el que el hombre puede formarse como persona”, es su última perla. Llama la atención que esta defensa de la institución familiar venga precisamente de una persona que ha elegido libremente no formar una familia para mejor servir a su comunidad. Pero, de nuevo, es una mentira. De nuevo los antropólogos vienen en nuestra ayuda como el séptimo de caballería y explican que la propia idea de familia varía enormemente en cada cultura y cada época, que existen sociedades comunitaristas. Los historiadores nos echan una mano recordándonos como los espartanos, unos tipos no exentos de ciertos valores admirados probablemente por Rouco, educaban comunitariamente a los niños.
Hay que agradecerle al cardenal de Villalba que dé de nuevo sentido al desafío de hacer teoría e investigación social. Y que le dote, además, de un aura de peligrosidad y rebeldía que en realidad no tiene, inserta como está en los entramados educativos y culturales contemporáneos. Hacer, o leer, ciencia social a día de hoy parece ser una apuesta radical por la razón frente al dogmatismo de unos cuantos. Laicismo, le llaman ahora. Uno tiene la sensación de estar volviendo siglos atrás, cuando Galileo o Servet fueron condenados, o cuando otros pensadores, como Marx o Nietzche, fueron simplemente demonizados por negarse a usar
17 de octubre de 2008
It's the end of the world as we know it...
... and I feel fine, dice la canción de REM. Oscilo cada día entre la depresión y el alivio, la rabia y la risa. Que los bancos de inversión desaparezcan, que los liberales de nuevo cuño se den cuenta (a la fuerza ahorcan) de que es necesaria la supervisión de la sociedad sobre el mercado, que quede patente la corrupción, la inmundicia y la incompetencia de las élites financieras, es casi un placer.
Victoria pírrica. El Estado inyecta liquidez, pero la crisis que cada mañana me recuerda la radio al despertarme no parece que se me vaya a solucionar. ¿Cuando inyectará el Estado liquidez en unas hipotecas que no han parado de subir? ¿O en unos sueldos que no han parado de bajar? (que sí, Fidalgo y Méndez, que no os enteráis) Tal y como van las cosas, los que no tenemos ahorros, ni inversiones monetarias, los que no tenemos (a medias con el banco) más que la casa en la que vivimos y el trabajo que hacemos deberíamos echarnos unas risas.
Tal y como hace George Parr en su programa de televisión. A veces, la realidad más dramática es increíblemente tontorrona en sus motivaciones.
9 de septiembre de 2008
Galeotes mochileros y editores lucrados

Parece mentira que el libro de texto siga siendo el material básico de aprendizaje a estas alturas. No es muy diferente de las cartillas escolares de nuestros padres, eso si, con más colores y más cambiante de año en año. Cada vez que veo como los niños y niñas machacan desde bien pequeños sus espaldas cargando de casa al cole y viceversa me pregunto si no habrá otra forma mejor de crear material escolar. No estoy hablando de pasarlo todo al ordenador, es más sencillo. ¿Por qué el Estado no crea un inmenso repositorio digital de material didáctico, de imágenes, de videos, de textos y ejercicios? El profesor podría crear su propio libro de texto, imprimir el material para cada clase y ahorraríamos esos paseos de galeotes por la calle.
Eso exigiría que los profesores preparen por si mismos las clases en vez de ir a mesa puesta con el libro de texto. Ya venteo las protestas gremiales. Y claro, acabaría con uno de los negocios más lucrativos del mundo del libro. Supone la intervención del Estado en el mercado. Y cerrarán empresas y se perderán puestos de trabajo. Un argumento excelente que deberíamos emplear también a la hora de perseguir el tráfico de drogas, por ejemplo. Al final, los intereses de unos cuantos empresarios enmascarados de amantes de la cultura agujerean nuestros bolsillos, rompen las espaldas de nuestros hijos y nos obligan a dar una formación encorsetada y falta de dinamismo.
2 de septiembre de 2008
Los corruptos y los lerdos
Distraídamente leo en XL Semanal un vistoso reportaje fotográfico sobre la costa española. Son espacios esplendorosos en los que existen amenazas de construcción de grandes urbanizaciones, con sus chalecitos, sus centros comerciales y sus campos de golf en buena parte de los casos. Ese es el caso de la costa asturiana, especialmente en Llanes, o en Urdabai, en Vizcaya. O puertos deportivos y paseos marítimos, como los que aceleran la erosión de las dunas de Maspalomas.
Parece obvio que construir en cualquiera de estos parajes es un crimen y que quien autoriza la urbanización de estos lugares es un criminal, un corrupto o, pero aún, un lerdo incapaz de apreciar el valor de esos enclaves. En ambos casos, por corruptos o por lerdos, los políticos están incapacitados para representar intereses ciudadanos. Pero existen cientos de políticos así, y de iniciativas políticas impulsadas por la corrupción y la estupidez y amparadas por los votos o la acción social de sus vecinos.
Todos sabíamos que Jesús Gil era un chanchullero, pero gobernó Marbella ganando varias elecciones y exportando su modelo a localidades vecinas. Si los marbellíes ahora no pueden, por ejemplo, usar bibliotecas públicas porque el presupuesto municipal no alcanza para mantenerlas ¿no son acaso culpables de su situación? Unos habrán votado a Gil durante años, habrán amparado sus políticas y sus desmanes. Puede que muchos otros no lo hayan hecho, esos sí son las víctimas de la corrupción y la estupidez. Ellos son los que deberían pedir responsabilidades a sus vecinos, más allá de lo que los jueces hagan con Roca, Marisol Yagüe o Isabel Marcos.
Porque en democracia no puede ejercerse el poder sin responsabilidad, y el voto o la acción social de todo tipo son formas de poder. Salvos estos disidentes del voto, tanto en Marbella como en muchos lugares similares a los que se refiere el reportaje, todos los demás están en el equipo de los corruptos y los lerdos.
16 de julio de 2008
Los umpa lumpas no quieren ser europeos

En la película Charlie y la fábrica de chocolate aparecen unos curiosos personajes, los umpa lumpas, que no hablan, solo trabajan, y además cantan alegres melodías mientras laboran. Supongo que es una película de obligado visionado en la Comisión Europea, ya que representa el sueño de muchos, básicamente de los empleadores: trabajadores que lo hacen sin protestar, sin exigir nada, felices por el mero hecho de tener un puesto de trabajo. ¡Vaya, eso me recuerda a Un mundo feliz!
Estos días en la Comisión no tienen tiempo de ver con calma este tipo de fantasías que alientan sus políticas porque resulta que los irlandeses han dicho no al Tratado de Lisboa. Justo una semana después de que la Unión Europea aprobase la directiva que permitirá trabajar más de 60 horas semanales. Vaya, resulta que los irlandeses no son alegres y cantarines umpa lumpas que trabajan sin protestar.
Dicen los más críticos que esta Europa que se construye es la de los mercaderes. Es peor aún, es la de los capitalistas de la era de la información, esos que no reparan en hundir a los ciudadanos, condenarlos al hambre si es preciso, si sirve para redondear las cuentas de resultados de las grandes empresas. Dicen que es como volver al siglo XIX: peor aún, porque es pasar por encima de unas conquistas sociales que costaron esfuerzos y vidas a lo largo de más de 100 años (en 1909 se consolidó la semana laboral de 40 horas).
Los economistas liberales dicen que esta norma no obliga a nadie a trabajar tanto: el que quiera podrá hacer su jornada como hasta ahora. Pero los liberales parecen olvidarse de su dogma de la oferta y la demanda: si un trabajador se ofrece a trabajar más horas ¿Quién encontrará trabajo antes?
La pregunta que es necesario hacerse es en función de que intereses toma la Unión Europea esta decisión. Los ciudadanos elegimos y pagamos, pero los beneficios no parecen ser para nosotros: todas las iniciativas de la Unión Europea parecen defender más los intereses de las empresas globales que las de los ciudadanos. Va a ser mejor no preguntar nunca a los umpa lumpa: cuando se les deja hablar, no hacen caso al jefe.
7 de julio de 2008
Los bocazas y el trabajo sucio

Por ello me indigno cada vez que escucho las noticias sobre pateras en el Estrecho y veo como se califica a los muertos, esos que deberían pesar sobre nuestra opípara conciencia de ciudadanos europeos pero caen en el saco de la indiferencia. Acaban de morir en Motril una docena de persona frente a Motril: para las radios y los periódicos, no han muertos personas. Han muerto inmigrantes, ilegales, subsaharianos, indocumentados. No son personas, seres humanos, padres, hijos, ciudadanos, trabajadores… Son aún menos. No es de extrañar que la directiva europea de inmigración restrinja sus derechos humanos, el lenguaje ya ha hecho el trabajo sucio de preparar el terreno para la discriminación. Los bocazas van delante de los de la porra.
PD 1: Frente a la decencia nominativa, está la corrección política impuesta, la política del subterfugio, de la perífrasis evasiva que busca esquivar la verdad de la realidad. Ya no hay barrenderos, sino técnicos de limpieza viaria. Y no hay explotación laboral, sino flexiguridad.
2 de noviembre de 2007
Bienvenido a Madrid
Después de una noche agitada, con una niña de dos años que no se quería dormir y un bebé de 15 días ejerciendo de tal, salgo de casa medio dormido a cambiar el coche de sitio. Ayer no había espacio para aparcar en la zona de residentes y lo dejé en el primer hueco que encontré, pero tengo que pasarlo ya a zona verde si no quiero recibir un multón, cortesía del alcalde de mi ciudad. Al salir del aparcamiento me golpeo con un coche; culpa mía, hay que mirar mejor. Logro encontrar un sitio y paso por el cajero para sacar dinero con el que comprar el pan: descubro que a día 2 de mes ya no hay dinero. A pesar de 5 empleos, algunos con el pomposo título de catedrático o profesor de universidad, así son las cosas. La hipoteca, los recibos y los pagos aplazados te dejan a dos velas nada más empezar el mes. Con una tristeza infinita y la sensación de no saber muy bien cómo serán las cosas a partir de ahora. Son sólo las 10 de la mañana: aparcamiento, choque, consumo, dinero…. Buenos días, bienvenido a Madrid.
26 de octubre de 2007
Malos tiempos para la crítica
Los periódicos no se ponen de acuerdo a la hora de confirmar la retirada de la ley que pretende fiscalizar los blogs en Italia. Pase lo que pase, confirma una peligrosa tendencia hacia el control de Internet y, por extensión, de la libre circulación de ideas y opiniones.
La primera fase de esas tendencias de control tiene que ver con la adquisición de las webs más importantes de la web 2.0 por parte de grandes empresas. Poco a poco, los gobiernos empiezan a mover ficha en la misma dirección. La ley italiana pretende que todos los blogs se registren como empresas editoriales, paguen impuestos, tengan un periodista colegiada como director y responsabiliza al blog de todos los comentarios que aparezcan en él, aunque sea como comentario de un lector.
Italia pretende controlar los blogs por ley (20 minutos)
Insultar en el blog se paga (El País)
Jugándonos el futuro en el Parlamento, de Enrique Dans, en Libertad Digital.
26 de septiembre de 2007
Ritual de la humillación habitual
Viajar en avión es cada día más pesado. Esperas en el aeropuerto, retrasos, oberbooking y, cada vez más insoportable, más riguroso, más humillante, el paseíllo entre detectores de metales, cacheos y despelotes varios.
Hace unos meses viaje a Venezuela. Como tantos otros turistas, esperé hasta llegar al aeropuerto para comprar una botella de ron, uno de los productos típicos de allá. A la hora de pagar, el cajero me indicó amablemente que, puesto que mi vuelo a Madrid hacía escala en Lisboa, lo más probable es que no me dejasen llegar a casa con la botella puesto que, como todo el mundo sabe, el ron es un líquido. En las siguientes 10 horas me saqué el cinturón y la chaqueta 3 veces, saqué mi ordenador portátil de su maleta otras tantas y fue cacheado el mismo número de veces por personal escasamente preparado. Fui víctima, una vez más, de la paranoia aeroportuaria que nos convierte a todos en sospechosos de no sé sabe bien qué. Los aeropuertos se parecen cada vez más a una ratonera. Así que volví a casa un tanto molesto, como cada vez que cojo un avión, y sin mi botella de ron. Si las autoridades venezolanas protestaran por el evidente perjuicio para sus exportaciones producido por las paranoicas normas de
Parece que el cacheo está orquestado como un ritual de humillación ejercido por una serie de fulanos que no están preparados para atender a los pasajeros. Si la situación es de por si embarazosa, ¿no sería mejor tratar de hacerla lo más aséptica posible, tratando con educación y tacto al pasajero? En mi reciente viaje a Barcelona –el puente aéreo se va a ir a la mierda en cuanto abran el AVE, y nadie lo va a llorar- asistí a risitas entre vigilantes frente a un pasajero, a un tratamiento propio de guardería represora – una guardia entró en escena al grito de “Venga, todo el mundo las chaquetas fuera”- y a las broncas a los pasajeros que, o no entendían, o simplemente tenían un criterio diferente al de los vigilantes.
Ya hemos visto como requisan objetos, como humillan a gritos a los pasajeros, como algunos son obligados a desnudarse. ¿Para cuando el tacto rectal preventivo? Cada vez que llego al aeropuerto, relajo esfínteres. Uno no sabe nunca cuando se intensificará la política paranoide
17 de septiembre de 2007
Nosotros, los asesinos

No hubo alivio al leer la historia de la madre chechena que cruzó desde su país hacia Polonia con sus cuatro hijas. La policia la encontró extenuada con su hija de dos años en brazos, al borde la muerte. Las otras tres niñas, de 6, 10 y 13 años, quedaron atrás y murieron de agotamiento, hambre y frío. Los diarios muestran una bonita habitación de hospital donde las supervivientes se recuperan a cargo del presupuesto polaco. Después, ese dinero se amortizará expulsando a la madre a su país para que vuelva a intentar cruzar la frontera, probablemente con su hija en brazos de nuevo. No es muy diferente de las historias de pateras en el Estrecho y Canarias, de las aventuras en el desierto texano.
Los europeos podemos estar orgullosos de nuestra humanidad: primero creamos las condiciones para que la gente se muera, pero, si no lo logran, ofrecemos tratamiento sanitario, comida, un techo, hasta que logramos expulsar al inmigrante. Y la partida empieza de nuevo. Somos tan humanitarios como los directores de los corredores de la muerte, obsesionados con evitar que los condenados se suiciden y falten a su cita con la silla eléctrica.
POST-ESCRIPTUM: los sádicos y los incrédulos podrán ver los resultados de nuestras prácticas criminales –la travesía desde África a Canarias- en una exposición del fotógrafo Juan Medina (en el MIAC de Lanzarote a partir del 15 de octubre)
13 de septiembre de 2007
El espectáculo (bochornoso) de la seguridad
España acaba de machacar a Alemania en el Europeo de baloncesto. Durante la primera mitad del partido se jugó sin los marcadores de 24 segundos, de manera que los jugadores no tenían ni idea de cuanto tiempo les quedaba para lanzar a canasta (alguien gritaba un aviso desde la mesa, pero con un pabellón entero gritando es difícil oir a una persona). Durante un rato, los espectadores estuvimos haciendo gracias sobre la habitual chapucería nacional. Pero no: esta vez el problema no fue a causa de una chapuza, sino de un exceso de profesionalidad.
Resulta que los servicios de seguridad, en busca de amenazas terroristas, se pasaron con la escrupulosidad y en un barrido electrónico frieron el sistema inalámbrico de los relojes de 24 segundos. Se supone que la seguridad es una de las cosas que se ponen en funcionamiento para que el público disfrute más del espectáculo. Pero esta vez parece que tenían envidia y decidieron montar su propio circo para ser protagonistas por un día.
Cada vez más, es así. Se desalojan salas de prensa enteras porque va a venir el Príncipe (pues que vea el partido desde casa y no moleste a los demás, que con lo que ahorra de guardería ya le da para comprar una tele de plasma y el abono del satélite). O se humilla a los viajeros de los aviones, se les quitan objetos que han comprado, se les obliga a andar medio despelotados en medio de la multitud. Al final, todo es por nuestra seguridad. Pero ¿no necesitamos nada más las personas? ¿No tenemos derecho a coger un avión dignamente, a hacer nuestro trabajo sin sobresaltos o a ver un partido sin interferencias? A la larga, los paranoicos de la seguridad solo quieren dos cosas: hacer caja, que todos sabemos que esto es un gran negocio, y chupar cámara. Aunque sea a base de acabar con el espectáculo.
3 de septiembre de 2007
¿Economistas de izquierdas?
Primera observación: el que vale vale y el que no, para Europa. Por eso Joaquín Almunia, después de guiar al PSOE a la derrota electoral, es ahora comisario de Asuntos Económicos y Monetarios. Segunda observación: parece, a la vista de su cargo, que lo monetario es diferente a lo económico. En una entrevista que acaba de conceder a El País (3-09-2007, p.86), Almunia pasa revista a la situación de la economía europea tras la crisis de los fondos hipotecarios. Si, como nos contaron a algunos en clase de economía, en unos tiempos en que la economía financiera aún estaba afilando los colmillos para morder después, la economía consiste en la gestión de bienes y servicios, Almunia no habla para nada de economía. Habla de inversores, de liquidez, de instrumentos financieros, pero para nada de la economía real.
Cuando le preguntan por los afectados por la crisis, menciona de pasada que “hay ciudadanos americanos que no tienen recursos suficientes para pagar sus deudas” y, más adelante, al hablar sobre las consecuencias, anuncia que es posible que sea más difícil acceder a créditos a partir de ahora. Ambas cosas parecen no ser un problema demasiado grave para un economista de izquierdas, como es seguro que el amigo Almunia se definiría. Lo que obliga a hacer dos nuevas observaciones: primera, que los economistas necesitan urgentemente, para volver a ser socialmente útiles, asumir que la suya no es una ciencia, sino una ciencia social, y que por eso, por encima de métodos y cálculos, tiene que ser un conocimiento al servicio de la gente (para ello, posiblemente, sea necesario derribar todas las facultades de economía del mundo, gravemente afectadas por el virus de Chicago desde hace un par de décadas). Segundo, que en este marco conceptual, cuando la economía se olvida de su rol social, ser economista y de izquierdas es una contradicción imposible.
Lo peor es que estoy seguro de que tanto Almunia como los economistas sicarios que diseñan las políticas que nos aprietan el gaznate ya saben estas dos cosas.