19 de noviembre de 2013
Entre la esperanza y el ciberfetichismo: una visión de los MOOC (y 02)
17 de noviembre de 2013
Entre la esperanza y el ciberfetichismo: una visión de los MOOC (01)
Cada día es más complicado escapar a lo que el
sociólogo César Rendueles (2013) ha llamado “ciberfetichismo”. Y parece que los MOOC forman parte de esta
miríada de actividades en torno a la información y gestionadas por las
tecnologías digitales que aparecen en el espacio público como por arte de
magia, como una moda, fascinando con sus números y con sus posibilidades. En
lugar de pensar los MOOC como una herramienta más en manos de profesores,
estudiantes e instituciones educativas, parece que van a ser la solución a
todos los problemas de la educación superior y del aprendizaje a lo largo de la
vida.Además de cambiar el paradigma educativo, que convierte al profesor no en un enseñante sino en un facilitador (Prensky, 2011), el otro gran problema del encaje de los MOOC en la universidad que conocemos ahora es la evaluación. Hace un par de años tuve una profunda discusión con mi decana sobre para qué sirve la universidad. La decana insistió en que el valor de los cursos de la universidad es el título o certificado que ofrecen, y no la información y educación aportada a los estudiantes. Mientras las universidades piensen así, estarán haciendo el juego a un mercado laboral cada vez más pervertido, ofreciendo títulos devaluados. Una vez más, parece claro que no está madura la idea de que nuestro trabajo como profesores no es decirle a la gente lo que tiene que saber, sino cómo aprender lo que ellos necesitan. Nosotros aportamos las preguntas y las respuestas; un modelo conectivista (o coasociativo, como lo llama Prensky, 2011), deja que sea el estudiante el que formule las preguntas y busque, con ayuda, el modo de responderlas.
13 de noviembre de 2013
MOOC Educación masiva online: ocurrencias o estrategias?
18 de junio de 2009
Contra Rosa Márquez
Hace un tiempo, cuando yo era estudiante de periodismo, una de las cosas en las que insistían todos los profesores era que había que separar la información de la publicidad. Claro que, visto desde ahora, aquella era la prehistoria de la publicidad: lo más sofisticado que había eran los publireportajes, aún no se había inventado el product placement con el que se inundan las series de ficción o la hipersegmentación de los públicos que hace Google. Por eso, cada mañana apago la radio cuando empieza a echar su rollo de El Corte Inglés Rosa Márquez. La odio. Odio también a Isabel de Cuerpo Libre y me la sopla la actualidad de La Vaguada por muy a pie de calle que esté allí el estudio de la cadena SER. Me indignan, me molestan. Me ofende la apropiación que hacen de los códigos informativos para pervertirlos, con la complicidad de periodistas que les dan paso y dialogan con ellos como si un anuncio fuese una sección más del programa y no una obligada morcilla de financiación que hay que poner en el medio.
Ya puestos, aprovecho para denigrar también a Nuria Roca, esa chica tan mona que igual presenta un programa, escribe libros de sexualidad o maneja una gala, a ser posible por una causa buen rollista. En su anuncio de soja, hasta se permite ir de graciosa. Y, por cerrar la lista de ofensores, pongamos también a Anne Iguartiburu, presentadora omnipresente y anunciante plenipotenciaria: inmobiliarias gigantistas, viajes a la Costa del Sol. Lo que sea para hacer caja. A costa de una fama que le hemos pagado los contribuyentes que además la soportamos a todas horas en la tele pública.
29 de mayo de 2009
El fin de la prensa
Hubo un tiempo en que los periódicos servían para otra cosa que ganar dinero. Unos mantenían un diario por presunción, otros por afán de poder político, otros por idealismo de algún tipo… Con el tiempo, todas esas motivaciones fueron arrinconadas. Los despachos de los jefotes de las redacciones dejaron de ser habitados por periodistas y se llenaron de gerentes con un master en finanzas, que antes habían capitalizado una empresa charcutera o harinera y después de encargarían con igual éxito de una naviera.
El objetivo era ganar más y más dinero que luego la gran empresa matriz invertía en comprar fábricas de azulejos para cotizar más en bolsa. Así que se imponían políticas de ahorro: nada de corresponsales, nada de caros y lentos reportajes de investigación, nada de fotos exclusivas. El becario era el habitante por excelencia de esas redacciones: es cierto que no estaba muy bregado, pero cobraba poco. Como todos los periódicos hacían lo mismo, no se notaba demasiado la bajada del nivel. Si querías información, esa era la que había: poco trabajada, poco contrastada, poco profesional. Pero muy rentable.
Entonces llegó Internet. La gente dejó de comprar el periódico para ver la edición web, que es gratis. Y al no haber lectores no había anunciantes y muchas cabeceras echaron el cierre. Se alzan voces clamando contra la web y contra los blogs, que resulta que dan información de primera mano y de mejor calidad que la de los profesionales. ¡Van a desaparecer los profesionales de la información!, claman desde los medios clásicos. Pero ya habían desaparecido hacía tiempo, engullidos por los gerentes. Internet fue sólo el tipo de la cuadrilla que dio la puntilla mientras los focos alumbraban al trajeado matador envuelto en su MBA.
3 de julio de 2008
Google y los druidas

Acceso al conocimiento que está vedado a muchos, en parte por la falta de alfabetización, en parte debido a la falta de bibliotecas, en parte porque los libros, como pasa también con los alimentos, con el agua, con el medio ambiente, se debaten entre ser garantes de un derecho humano (el acceso a la cultura) y una mera mercancía de la que se benefician unos pocos. La redacción de la noticia, tal vez por desliz, tal vez conscientemente, habla por si sola: "Una pantalla y una línea telefónica permitirán combatir ese desigual acceso al conocimiento. Sin censuras, según Collado (responsable del proyecto en Google). La única diferencia entre países puede depender de las leyes que regulen la propiedad intelectual". Es decir, a falta de censura ideológica, ya está la que impone el mercado para reestablecer jerarquías, económicas en este caso, entre quienes pueden leer y quienes no.
Por si quedaba alguna duda, el servicio permite ojear libros que tienen derechos de autor en vigencia (escribí primero "qué están en el mercado", pero son dos cosas bien diferentes). Si te interesan, te informan de donde comprarlos online o de las librerías cercanas. De las bibliotecas, esos lugares en los que, antes de que nuestros queridos eurodiputados se dedicasen a promover leyes en el espíritu del absolutismo, los libros se prestaban a cambio de nada, ni se habla.
¿Esa es la sociedad democrática del conocimiento? ¿O será que ese conocimiento está diseñado para que siga existiendo una casta de druidas, con divisas en vez de muérdago?
26 de octubre de 2007
Malos tiempos para la crítica
Los periódicos no se ponen de acuerdo a la hora de confirmar la retirada de la ley que pretende fiscalizar los blogs en Italia. Pase lo que pase, confirma una peligrosa tendencia hacia el control de Internet y, por extensión, de la libre circulación de ideas y opiniones.
La primera fase de esas tendencias de control tiene que ver con la adquisición de las webs más importantes de la web 2.0 por parte de grandes empresas. Poco a poco, los gobiernos empiezan a mover ficha en la misma dirección. La ley italiana pretende que todos los blogs se registren como empresas editoriales, paguen impuestos, tengan un periodista colegiada como director y responsabiliza al blog de todos los comentarios que aparezcan en él, aunque sea como comentario de un lector.
Italia pretende controlar los blogs por ley (20 minutos)
Insultar en el blog se paga (El País)
Jugándonos el futuro en el Parlamento, de Enrique Dans, en Libertad Digital.

